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domingo, 17 de enero de 2010

SEXUALIDAD Y DROGAS


En una buena fiesta no puede faltar de nada. La mansión de Hugh Hefner, magnate de Playboy, prefigura escenas de bacanal romana, en la época en la que tocaban a las puertas del imperio las invasiones bárbaras y en la corte de Calígula quemaban los últimos restos del alcohol, los alucinógenos y la dignidad de los esclavos.
A juzgar por lo poco que dejan a la imaginación las memorias de algunas de sus más célebres conejitas, Hefner, a sus 78 años, lleva la edad por dentro y parece que aún se solivianta con las “12 conejitas esclavas” que colecciona en su mansión de barbies destocadas, o eso cuenta una de las habituales, la ex playmate Jill Ann Spaulding.

viagra sexo drogas Promesas del Viagra

La pócima de Astérix del abuelito de Playboy se llama citrato de sildenafil, y fue patentado en 1996 bajo el nombre de Viagra por los laboratorios Pzifer.
Tras unos comienzos turbios, en los que se le atribuyeron acciones mortíferas, y todo infarto o colapso en la cama se interpretaba como un castigo divino sobre viejos verdes y viciosos varios, el Viagra venció los augurios sacros de la imaginería popular, que ya aseguraba el uso de aquella píldora maldita abocaba a la promiscuidad y el vicio y hasta podía dejarle a uno ciego, si no tieso en el acto.
En el frente opuesto tampoco faltaron los profetas de la “píldora mágica” o “pastilla de la felicidad”, que se prometían una droga de placeres inimaginables, comienzo de una era de superhombres y dioses del amor: los ancianos más achacosos se levantarían de sus postrimerías y hasta el más indiferente quedaría fuera de control.
Pero se fue la fantasía inicial con la vergüenza de pedir la dichosa pastilla en la cola de la farmacia, hasta que ya hoy pocas veces se acude a un lenguaje ni satánico ni olímpico para hablar del Viagra. Quizá aguarde aún nueva aclaración pública de sus contraindicaciones, por ejemplo: ¿puede crear adicción? Hasta ahora la respuesta es que no existe certeza farmacológica alguna que lo indique. Aunque no falta quien pregunta cuántas me puedo tomar al día, visiblemente satisfecho con su compra. ¿Y no sería culpar al Viagra de esta dependencia como matar al mensajero?

sexo adictos michael douglas Sexoadictos

“Admitimos que éramos impotentes ante la lujuria, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables”, reza el primero de los principios propuestos en el decálogo de “Sexólicos Anónimos”, una fraternidad de hombres y mujeres adictos al sexo.
Cuando Michael Douglas confesó públicamente su adicción al sexo para ingresar en una clínica especializada, quien no esbozó una sonrisa de estupor se apresuró a incluirse cínicamente en la misma situación que el conocido actor.
La relación con el problema ha madurado desde entonces, y las clínicas y asociaciones especializadas en este tipo de parafilias han ido adquiriendo cierto protagonismo. La conducta compulsiva sexual se diagnostica y se trata como una adicción más en estos centros. “La sexoadicción, al contrario que la ninfomanía, no incide en la frecuencia, sino en el malestar psíquico que genera la falta de autocontrol”, aclara la psicóloga y sexóloga Pilar Cristóbal. Este malestar ha servido para describir un cuadro sintomático de abstinencia al sexo, por el que atraviesan los pacientes que no logran satisfacer su ansia de consumo.
El sexo, como producto de consumo, tiene una presencia incontenible hoy en día: ¿sería la explicación de la adicción atendible para este fenómeno? A colmo de la cantidad, la oferta de sexo se ha diversificado cada vez más, explotando toda suerte de soluciones y alicientes extremos:
En la Barcelona de los años 30 los personajes de Vida Privada, de Josep María de Sagarra, bajaban al ‘barrio chino’ en busca de sexo y cocaína. Actualmente, Internet revela cada día sus últimas innovaciones en materia de sexo, difícilmente entendibles sin volver la vista a lo patológico

alcohol marihuana hachis sexo cocaina Drogas para potenciar la sexualidad

Mucho se ha hablado de los efectos milagrosos de ciertas drogas en la cama. De cómo se logra potenciar el placer sexual bajo los efectos de alguna droga hipnótica o después de haberse fumado un porro. En cuanto al alcohol, se ha convertido en un ingrediente prácticamente imprescindible del cortejo. “Es la falta de amor la que llena los bares”, dice Lichis (‘La Cabra Mecánica’).
El alcohol, la marihuana o el hachís, como agentes desinhibidores, pueden favorecer el atrevimiento y vencer la vergüenza de los primeros contactos. Sin embargo, a la larga se antojan poco efectivas las artes de seducción de pupila perdida y cara somnolienta que concede la marihuana; o el aliento a whisky, paso sonámbulo y hablar trabado de la borrachera.
Saldrían más a cuenta otros ardides, desusados por cándidos, como era aprovechar la botella mejor para hacerla girar en el centro de un corro mixto de preadolescentes y que la suerte repartiese la ruleta de besos. Que ya lo dice el autor de Mujeres: “Si quieres beber, bebe, pero si quieres hacer el amor, abandona la bebida”. Charles Bukowski, escritor, bebedor y mujeriego.
Son las estimulantes del sistema nervioso(véase anfetaminas, éxtasis o cocaína) las drogas que ostentan el mayor prestigio sexual. Las aplicaciones del acicate concreto son varias, pero el resultado sería siempre el mismo: convertirse en una máquina del sexo de proporciones inconcebibles para el hombre común.
Y en esta línea de recomendaciones, también hemos sabido de los efectos milagrosos de la falta de oxígeno en el cerebro en el momento del orgasmo, en favor de lo cual, muchos han optado por envolverse la cabeza con una bolsa de plástico, situación en la que han sido hallados autoasfixiados en retretes públicos o pasillos del metro.
Aparte del perjuicio que las drogas ocasionan en el sistema nervioso central, lo que afecta directamente a la excitación y a la capacidad eréctil, lo cierto es que su efecto es más bien sustitutivo del sexo, y no complementario. Finalmente el consumo de drogas deriva en la inapetencia, cuando no en la impotencia sexual.
El caso de la heroína es particularmente gráfico. A menudo comparada con un orgasmo, sus usuarios defienden que las sensaciones con la heroína son más intensas y placenteras que con el sexo, al que finalmente renuncian. “Coge el mejor orgasmo que hayas tenido, multiplícalo por mil y ni siquiera andarás cerca”, sentencia el protagonista de Trainspotting. Los análisis de plasma en consumidores de heroína revelan niveles ínfimos de testosterona en sangre.

SIDA virus cura drogas La última revolución sexual

“Haz el amor y no la guerra” se esgrimió como uno de los eslóganes de la revolución sexual en los díscolos años 60. Se desbarataban los tabúes del sexo, también en lo referente a las drogas. La literatura, la música, el cine, se hacían eco de los nuevos incentivos populares.
Pero la liberación sexual que parecía definitiva se apagó en los años 80 entre las tinieblas de una amenaza devastadora: el VIH o virus del SIDA. Una epidemia a la que se confirió la cota de designio divino, enviado para aplacar los excesos de la inmoralidad sexual. El desconocimiento y el miedo al contagio trasladaron a las sociedades más avanzadas del siglo XX una atmósfera de plaga medieval contra la que no cabía más salvaguarda que la abstinencia y la contrición.
Con el tiempo las investigaciones progresaron y aparecieron los primeros remedios y precauciones. A medida que descendieron los índices siniestrales del SIDA (aunque esto ha sido sólo privilegio del ‘primer mundo’) volvió a despojarse de culpas y fatalidades el sexo, detonando la que podría calificarse como última revolución sexual.
Ni entonces ni ahora ha faltado la droga, no como aliciente real del sexo, sino de la sociedad en general. La búsqueda de placeres algo identificativo del ser humano y tiene algo también de compulsivo en todas sus manifestaciones, una insatisfacción endémica que nos instiga al reclamo permanente.
La última revolución sexual ha encontrado un tiempo y modus vivendi exponenciales de esta tendencia a la saturación y a la ansiedad. La oferta y la demanda, la competencia desquiciada y el consumo urgente han extendido sus preceptos a la forma de entender el sexo. La última revolución sexual se ha encontrado que el sexo está ya inventado, pero a la vez, hay que ofrecer algo nuevo, seguir vendiendo. Y así es que, para reinventar el sexo, alguien se ha acordado de la droga.

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